2015/09/28

EL País de las Maravillas, o la desfachatez intelectual



De modo que ella, sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad, Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

Una norma básica de la convivencia civilizada es la honestidad intelectual, que se le supone, como el valor al soldado, a cualquier persona en todos los ámbitos de su vida social. De hecho, ahora que acabo de leer la primera frase, me corrijo a mí mismo. No es una norma de la convivencia civilizada. Es una precondición para la convivencia civilizada. Porque sin honestidad intelectual es imposible que las personas se entiendan. Bien estemos de acuerdo con el Wittgenstein del Tractatus (y opinemos que somos capaces de representar figurativamente la realidad y de expresarla en el lenguaje gracias a una forma lógica que éste y aquélla comparten), bien opinemos como el de las Investigaciones Filosóficas (que el lenguaje es un conjunto de reglas más o menos convencionales, cuya validez no procede de forma lógica alguna, sino de su funcionalidad), para que las personas nos entendamos son necesarias unas reglas básicas que dotan de efectividad al discurso argumental.
Algunas de estas reglas (y no pretendo aquí ser exhaustivo) son: la no negación de la evidencia; la no alteración del significado de las palabras sin el acuerdo común; la no adaptación de las premisas del argumento, o del argumento mismo, a la propia conveniencia para valorar algunos aspectos de las realidad más que otros; en definitiva, la renuncia a la alteración de la percepción o valoración de la realidad cuando la legitimación de una determinada posición pública depende de dicha realidad. Dicho de otro modo, la renuncia a tergiversar los hechos o su valor cuando los hechos a uno no le dan la razón.

Cuando personas o grupos de personas se alejan de forma sistemática de la honestidad intelectual, comportándose con total desfachatez intelectual, la convivencia se hace muy difícil, porque es casi imposible entenderse con ellas.

En un ámbito social muy relevante pero más o menos inocuo, como es el del fútbol, es frecuente encontrar un comportamiento típico de falta de honestidad intelectual. Como madridista, lo he detectado frecuentemente en algunos de mis sufridos correligionarios merengues, en esta última época de dominio barcelonista en juego y resultados. En algunas ocasiones, cuando hemos sido derrotados con justicia, algunos se agarran a una jugada aislada, de cuestionable juicio arbitral, para argumentar que “todo hubiera sido distinto si…”; ello a pesar de haber recibido un baño en el juego durante los noventa minutos.

Los políticos practican la desfachatez intelectual con gran solvencia y excelente desempeño. Las noches electorales son una buena muestra de ello. Frente a la evidencia de la derrota, la referencia a alguna derrota aún peor en el pasado, o a la aún peor sufrida por algún adversario, o a lo mal que pintaban las encuestas tan solo unas semanas antes del día de la votación.

Pero pocas veces hemos asistido a un ejercicio de desfachatez intelectual comparable al de los independentistas catalanes en los días previos a la votación del 27 de septiembre y en las horas posteriores. Veamos.

Se convocan unas elecciones autonómicas. Pero los convocantes dicen hasta la extenuación que las elecciones se deben leer en clave plebiscitaria, no como una elección autonómica más; la votación de tu vida, rezaba uno de sus lemas electorales. Que  las elecciones son un plebiscito, vaya. Y no un plebiscito genérico, sino un plebiscito sobre la independencia de Cataluña respecto del resto de España. Y constituyen una plataforma electoral que se llama Junts Pel Si. Y su programa electoral es el más corto de la historia: conseguir la independencia tras un periodo de negociación con España y la UE.

Según su narrativa, se recurre a las elecciones plebiscitarias ante la imposibilidad de convocar un referéndum legal. El ideal habría sido el referéndum. Escuchar al pueblo catalán, permitir que el pueblo catalán ejerza su derecho a decidir. Eso es lo que los independentistas querían.
Un plebiscito; una persona un voto. Se cuentan los votos en pro de una opción, se cuentan los votos en pro de la otra, y se concluye.

Pero ay, el significado de las palabras parece ser “líquido” para los independentistas postmodernos. Ya en la víspera de las elecciones, a la vista de las encuestas, Mas se descuelga con que la mayoría de parlamentarios a él le basta para continuar con el proceso. Un momento… ¿no era Mas el que decía que las elecciones debían leerse como un plebiscito? La honestidad intelectual debería haber llevado a Mas a aceptar que sin la mayoría del voto, el proceso no puede continuar, porque la mayoría de los ciudadanos catalanes no lo respaldan, por más que la ley electoral produzca un resultado que, en número de parlamentarios, no traduce exactamente el resultado del voto popular. Desfachatez intelectual.

Y llega el resultado. Lo primero es que Junqueras se descuelga con “hemos ganado en escaños y en votos”; negación de la evidencia, desfachatez intelectual; y luego llega Mas y dice que se siente legitimado para seguir, porque aunque no ha ganado en votos, lo ha hecho en escaños (dando por supuesto que los escaños de la CUP son suyos… mucho suponer; una, en esta ocasión pequeña, desfachatez intelectual). Propongo este experimento mental. Supongamos que los partidos constitucionalistas hubieran ido en una sola lista, y que hubieran ganado en escaños, pero no en voto popular. ¿Hubiera dicho Mas que los constitucionalistas habrían estado legitimados para detener el proceso? ¿O más bien habría gritado los cuatro vientos que la legitimidad no procede de los escaños sino de los votos? Todos sabemos lo que habría hecho. Gran desfachatez intelectual: la legitimidad se constituye… según a mí me convenga.

Y qué decir de la negación de las implicaciones de la independencia respecto de la pertenencia a la UE, al euro, … o dela forma en la que la presidenta del parlamento catalán adoctrinaba a unos niños sobre los sucesos de 1714, torciendo la verdad, manipulando de forma descarada… Gran desfachatez intelectual.

Yo creo que los catalanes tienen derecho a decidir si quieren o no formar parte de España y de la UE. Creo que hay que hacer lo posible para que se manifiesten al respecto en un referéndum legal y vinculante, en el que voten tan solo ellos. Creo que si para hacerlo es necesario reformar la Constitución, pues refórmese.

Pero también creo que la forma de gestionar el proceso por parte de los independentistas ha sido la expresión de uno de los mayores ejercicios de desfachatez intelectual de la historia europea reciente.
Y desde mi punto de vista, nada pone de manifiesto la desfachatez intelectual de los independentistas como el uso que hacen del término Cataluña.

Durante la campaña Cataluña es el País de las Maravillas, en el que no habrá desempleo, la economía crecerá a un ritmo de vértigo y no habrá corrupción. No sólo; en el País de las Maravillas, nadie se sentirá extraño; no importa cómo se apellide, en qué lengua hable; de dónde venga. Todos serán Cataluña.

Pero basta que acabe el recuento para que los líderes independentistas clamen “¡¡Esta noche ha ganado Cataluña!!”. Y no, no se refieren a que han ganado los no partidarios de la independencia. En este caso la desfachatez intelectual es múltiple y encadenada. Ellos, lo que quieren decir, es que “esta noche los que hablamos catalán y nos sentimos sobre todo catalanes hemos ganado”. Es decir, que identifican Cataluña con ese 48% de la sociedad catalana. Expulsan al resto de Cataluña. Y, como si ese 52% no existiese, claman victoria. Tremenda desfachatez intelectual.

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