Izquierda, derecha, la crisis, liberalismo, socialdemocracia, religiones, ateísmo, crecimiento, recortes, nucleares sí, nucleares no, inflación, expansión monetaria, globalización, aranceles, ventas, compras, consumo, austeridad,...
Quizás nos hemos complicado mucho la vida, y nos hemos hecho un lío. Quizás baste con la bondad. Quizás Jesús tenía un 50% de razón: Amarás a Dios por encima de todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo. Al prójimo como a ti mismo.
Hacerse cargo del otro. Mirar por sus ojos, sentir su miedo, vivir sus alegrías, respirar sus anhelos, llorar sus penas. Com-padecer, padecer con.
¿No bastaría con esto?
Sí, ya lo sé. Esto es demasiado naive. ¿O no?
Ideas
"Los hombres de acción, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son normalmente esclavos de las ideas de algún economista difunto" J.M. Keynes, Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero.
Saturday, April 28, 2012
Sunday, February 5, 2012
Identidad y política (para Ruth y José)
Ayer Almudena y yo cenamos en casa de nuestros amigos Ruth y José en La Laguna. En el curso de la charla, surgió una idea que creo que merece ser recogida.
Desde antiguo algunas de las ideologías políticas han econtrado su fundamento en terorías del hombre de tipo identitario, que no sólo han buscado responder a la pregunta política por antonomasia, "¿cuál es la mejor forma de organización política y social?", sino que han tratado de ir más allá, proporcionando una identidad al humano y dotando a su vida de sentido.
Ejemplos de estas doctrinas políticas lo constituyen las teocracias, en las que la organización social y política se deriva de una revelación que unos pocos elegidos han recibido de Dios y, de este modo, queda más allá de la libre deliberación de los cuidadanos (que, en estos regímenes, de hecho no lo son). Otro ejemplo de estas doctrinas son los nacionalismos, en los que la identidad del individuo se estructura a partir de su pertenencia a un "pueblo" o etnia particular, siendo este mecanismo de pertenencia el vector principal de asignación de derechos, y constituyendo la preservación de la citada identidad un fin muchas veces superior a la preservación de derechos más básicos de los individuos.
El problema de estas teorías es precisamente su grado de ambición. Son aproximaciones totalizantes, que pretenden dar respuestas a cuestiones que van más allá de la mera organización social. Las cuestiones básicas de la organización social (la elección de los gobernantes, la toma de decisiones, el equilibrio entre clases, la distribución de la riqueza, los derechos y obligaciones de los ciudadanos) deberían estar sujetas a un principio similar al de relatividad en física: deberían ser independientes del "sistema de referencia" ontológico o antropológico de las personas. Sin embargo, cuando la referencia a la hora de hacer política se busca en una teoría totalizante del ser humano, este principio de relatividad se quiebra, y se produce la deriva de lo "totalizante" a lo "totalitario". La tentación de lo totalitario siempre está latente en los sistemas políticos de raíz religiosa o nacionalista, forma parte del "ADN" de dichas concepciones. Lo mismo cabría decir de las teorías políticas que se derivan directamente de filosofías abarcantes, como el marxismo de raíz hegeliana.
Frente a estas teorías, la democracia ilustrada no parte de más presupuesto que la igualdad radical entre los cuidadanos como sujetos de derechos individuales, que libremente deliberan, votan y toman decisiones.
Por eso es tan importante la estricta separación de la política y la religión o la búsqueda de la identidad. Por eso es tan importante
Desde antiguo algunas de las ideologías políticas han econtrado su fundamento en terorías del hombre de tipo identitario, que no sólo han buscado responder a la pregunta política por antonomasia, "¿cuál es la mejor forma de organización política y social?", sino que han tratado de ir más allá, proporcionando una identidad al humano y dotando a su vida de sentido.
Ejemplos de estas doctrinas políticas lo constituyen las teocracias, en las que la organización social y política se deriva de una revelación que unos pocos elegidos han recibido de Dios y, de este modo, queda más allá de la libre deliberación de los cuidadanos (que, en estos regímenes, de hecho no lo son). Otro ejemplo de estas doctrinas son los nacionalismos, en los que la identidad del individuo se estructura a partir de su pertenencia a un "pueblo" o etnia particular, siendo este mecanismo de pertenencia el vector principal de asignación de derechos, y constituyendo la preservación de la citada identidad un fin muchas veces superior a la preservación de derechos más básicos de los individuos.
El problema de estas teorías es precisamente su grado de ambición. Son aproximaciones totalizantes, que pretenden dar respuestas a cuestiones que van más allá de la mera organización social. Las cuestiones básicas de la organización social (la elección de los gobernantes, la toma de decisiones, el equilibrio entre clases, la distribución de la riqueza, los derechos y obligaciones de los ciudadanos) deberían estar sujetas a un principio similar al de relatividad en física: deberían ser independientes del "sistema de referencia" ontológico o antropológico de las personas. Sin embargo, cuando la referencia a la hora de hacer política se busca en una teoría totalizante del ser humano, este principio de relatividad se quiebra, y se produce la deriva de lo "totalizante" a lo "totalitario". La tentación de lo totalitario siempre está latente en los sistemas políticos de raíz religiosa o nacionalista, forma parte del "ADN" de dichas concepciones. Lo mismo cabría decir de las teorías políticas que se derivan directamente de filosofías abarcantes, como el marxismo de raíz hegeliana.
Frente a estas teorías, la democracia ilustrada no parte de más presupuesto que la igualdad radical entre los cuidadanos como sujetos de derechos individuales, que libremente deliberan, votan y toman decisiones.
Por eso es tan importante la estricta separación de la política y la religión o la búsqueda de la identidad. Por eso es tan importante
Sunday, January 29, 2012
El fin y los medios
En las anteriores inserciones sobre el bien y el mal el tratamiento ha sido bastante extremado, bastante de blancos y negros. Para poner de manifiesto las características del mal a las que me quería referir busqué, de forma premeditada y manifiesta, situar el razonamiento en el límite del mal absoluto o del mal gratuito. Pero la vida no es así. En la vida raramente se plantean situaciones de mal absoluto, de mal gratuito, del mal que se ejerce por el mero placer de hacerlo.
Un patrón que se repite con frecuencia la vida real es el de la contraposición de los fines (supongamos que "buenos") y los medios (por contraposición, "malos"). Un ejemplo de ese patrón es el de la causación de mal en defensa propia. La defensa de la propia vida, de la propia integridad (volveré después sobre este concepto, con un ámbito de aplicación diferente) física o de la propiedad, concebidos como bienes en sí mismos, se convierte en un fin cuya consecución justifica el concurso de medios "malos", llegando incluso a justificar (legalmente, ¿moralmente?) la causación de la muerte del agresor. Otro ejemplo es la mentira piadosa, la mentira que se profiere para ahorrar al interlocutor un mensaje que le hará sufrir. Decimos a nuestros hijos que no hay que decir mentiras, pero nosotros mismos, con mayor o menor frecuencia, recurrimos a la mentira piadosa.
¿Cuándo justica el fin los medios empleados para conseguirlo? Los principios morales, ¿son válidos con independencia de la situación concreta en la que hay que llevarlos a la práctica? Veamos.
Matar a un ser humano entra de lleno en "el mal". Hasta aquí, creo que todos de acuerdo. Pero, ¿hubiera sido malo un hipotético asesino de Hitler en 1942, cuando los nazis estaban a punto de poner en marcha la maquinaria de la solución final? ¿Hubiera sido malo un presunto asesino de Harry Truman cinco minutos antes de que éste diese la orden de lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima? ¿Y cinco minutos antes de que diese la orden de lanzar una bomba similar sobre Nagasaki? ¿Fue Truman un hombre "malo"?
La tortura es mala. Hasta aquí todos de acuerdo. Pero, ¿hubiéramos dicho que un hipotético torturador que, por mor de su acción, hubiese evitado los atentados del 11 S o del 11 M, era malo? Si torturando a Eichman se hubiese podido detener el holocausto (como hipótesis de trabajo), ¿hubiéramos dado la orden de hacerlo?
Se puede argumentar de esta forma: "Si el fin es un bien netamente indiscutible, y mucho "mayor" que el mal implícito en el medio para conseguirlo, entonces el fin justifica el medio elegido". Sin embargo este argumento es resbaladizo. En primer lugar, ¿quién tiene que hacer el "cálculo", y cómo se hace? En los ejemplos que he expuesto hay una evidente desproporción entre el bien del fin y el mal del medio, pero ¿qué ocurre en situaciones menos claras? Y, desde el punto de vista moral, ¿dónde se establece la línea roja que nunca se debe traspasar? En segundo lugar, la aceptación de que en ocasiones el fin justifica los medios empleados supone la suspensión del principio que, desde mi punto de vista, fundamenta toda la moral, en cualquiera de sus formulaciones, bien sea el imperativo categórico o el "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Jesús tuvo buen cuidado de concretar el principio, ilustrando con ejempos concretos a quién se debía considerar prójimo; los ejemplos mostraban bien a las claras que prójimos eran todos los otros humanos, incluso los más despreciables por razones de etnia o religión).
Algunos de los líderes morales más destacados han sostenido posiciones radicales rechazando que existan situaciones en las que el fin justifique los medios. A mi me llama poderosamente (la atención) la figura de Gandhi. Para Gandhi el ejercicio de la violencia contra un semejante nunca estaba justificada. No sé hasta qué punto será verídica la cita, pero en la película de Attenborough, en un momento en el que en una asamblea un seguidor grita "si tocan a mi mujer los mataré", Gandhi, desde el escenario, replica, "esa, amigos míos, es una causa por la que yo estoy dispuesto a dar mi vida, pero en ningún caso a tomar la de nadie". ¿Que hay detrás de posiciones como las del Mahatma?
Yo creo que lo que hay detrás es la noción de integridad de la persona. Creo que Gandhi, y otros como él, han pensado que la integridad de la persona, la integridad del alma (en un sentido no religioso), es el bien supremo, un bien que no puede negociarse. Y cuando el hombre "bueno" causa un mal, en la ecuación hay que incluir la pérdida de su integridad personal. Y esa pérdida no se puede ver compensada por nada. El hombre que "cruza" la línea roja, que visita "el otro lado", que se asoma al "lado oscuro de la fuerza" pierde su integridad; una parte de él ha perdido la pureza. Quizás la línea roja, a partir de ese momento, se desplace y nuestro hombre ya nunca sea el mismo. Y esa es una pérdida irreparable.
Es bien cierto que esta forma de ver las cosas no se compadece bien con la naturaleza del ser humano o, mejor dicho, con la Naturaleza. En la Naturaleza todo es competencia por la supervivencia. La evolución es la historia del recurso a cualquier medio para conseguir el fin último, la supervivencia. De forma que, ¿qué es lo que cabe exigirle al ser humano? Los sistemas legales parecen intentos de conseguir un equilibrio razonable entre males mayores y menores, tratando de orientar la conducta del humano hacia el mal menor. Pero, ¿y desde la óptica de la moral? ¿Justifica moralmente el fin los medios en algunas situaciones?
Un patrón que se repite con frecuencia la vida real es el de la contraposición de los fines (supongamos que "buenos") y los medios (por contraposición, "malos"). Un ejemplo de ese patrón es el de la causación de mal en defensa propia. La defensa de la propia vida, de la propia integridad (volveré después sobre este concepto, con un ámbito de aplicación diferente) física o de la propiedad, concebidos como bienes en sí mismos, se convierte en un fin cuya consecución justifica el concurso de medios "malos", llegando incluso a justificar (legalmente, ¿moralmente?) la causación de la muerte del agresor. Otro ejemplo es la mentira piadosa, la mentira que se profiere para ahorrar al interlocutor un mensaje que le hará sufrir. Decimos a nuestros hijos que no hay que decir mentiras, pero nosotros mismos, con mayor o menor frecuencia, recurrimos a la mentira piadosa.
¿Cuándo justica el fin los medios empleados para conseguirlo? Los principios morales, ¿son válidos con independencia de la situación concreta en la que hay que llevarlos a la práctica? Veamos.
Matar a un ser humano entra de lleno en "el mal". Hasta aquí, creo que todos de acuerdo. Pero, ¿hubiera sido malo un hipotético asesino de Hitler en 1942, cuando los nazis estaban a punto de poner en marcha la maquinaria de la solución final? ¿Hubiera sido malo un presunto asesino de Harry Truman cinco minutos antes de que éste diese la orden de lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima? ¿Y cinco minutos antes de que diese la orden de lanzar una bomba similar sobre Nagasaki? ¿Fue Truman un hombre "malo"?
La tortura es mala. Hasta aquí todos de acuerdo. Pero, ¿hubiéramos dicho que un hipotético torturador que, por mor de su acción, hubiese evitado los atentados del 11 S o del 11 M, era malo? Si torturando a Eichman se hubiese podido detener el holocausto (como hipótesis de trabajo), ¿hubiéramos dado la orden de hacerlo?
Se puede argumentar de esta forma: "Si el fin es un bien netamente indiscutible, y mucho "mayor" que el mal implícito en el medio para conseguirlo, entonces el fin justifica el medio elegido". Sin embargo este argumento es resbaladizo. En primer lugar, ¿quién tiene que hacer el "cálculo", y cómo se hace? En los ejemplos que he expuesto hay una evidente desproporción entre el bien del fin y el mal del medio, pero ¿qué ocurre en situaciones menos claras? Y, desde el punto de vista moral, ¿dónde se establece la línea roja que nunca se debe traspasar? En segundo lugar, la aceptación de que en ocasiones el fin justifica los medios empleados supone la suspensión del principio que, desde mi punto de vista, fundamenta toda la moral, en cualquiera de sus formulaciones, bien sea el imperativo categórico o el "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Jesús tuvo buen cuidado de concretar el principio, ilustrando con ejempos concretos a quién se debía considerar prójimo; los ejemplos mostraban bien a las claras que prójimos eran todos los otros humanos, incluso los más despreciables por razones de etnia o religión).
Algunos de los líderes morales más destacados han sostenido posiciones radicales rechazando que existan situaciones en las que el fin justifique los medios. A mi me llama poderosamente (la atención) la figura de Gandhi. Para Gandhi el ejercicio de la violencia contra un semejante nunca estaba justificada. No sé hasta qué punto será verídica la cita, pero en la película de Attenborough, en un momento en el que en una asamblea un seguidor grita "si tocan a mi mujer los mataré", Gandhi, desde el escenario, replica, "esa, amigos míos, es una causa por la que yo estoy dispuesto a dar mi vida, pero en ningún caso a tomar la de nadie". ¿Que hay detrás de posiciones como las del Mahatma?
Yo creo que lo que hay detrás es la noción de integridad de la persona. Creo que Gandhi, y otros como él, han pensado que la integridad de la persona, la integridad del alma (en un sentido no religioso), es el bien supremo, un bien que no puede negociarse. Y cuando el hombre "bueno" causa un mal, en la ecuación hay que incluir la pérdida de su integridad personal. Y esa pérdida no se puede ver compensada por nada. El hombre que "cruza" la línea roja, que visita "el otro lado", que se asoma al "lado oscuro de la fuerza" pierde su integridad; una parte de él ha perdido la pureza. Quizás la línea roja, a partir de ese momento, se desplace y nuestro hombre ya nunca sea el mismo. Y esa es una pérdida irreparable.
Es bien cierto que esta forma de ver las cosas no se compadece bien con la naturaleza del ser humano o, mejor dicho, con la Naturaleza. En la Naturaleza todo es competencia por la supervivencia. La evolución es la historia del recurso a cualquier medio para conseguir el fin último, la supervivencia. De forma que, ¿qué es lo que cabe exigirle al ser humano? Los sistemas legales parecen intentos de conseguir un equilibrio razonable entre males mayores y menores, tratando de orientar la conducta del humano hacia el mal menor. Pero, ¿y desde la óptica de la moral? ¿Justifica moralmente el fin los medios en algunas situaciones?
Thursday, January 12, 2012
El mal y el poder
Decía en una inserción anterior que el Bien no existe como entidad ajena al ser humano. El bien "emerge" como consecuencia de la empatía, esa capacidad de representar en nuestros cerebros los sentimientos y emociones de los otros seres humanos. Esa capacidad nos permite formarnos una idea bastante ajustada de lo que es bueno o malo para los demás. Hacer el bien sería, conforme a esta idea, hacer las cosas que aumentan el bienestar de los demás en todas las dimensiones de la expresión, desde el bienestar material hasta el bienestar espiritual, quizás estructurados a imagen de la famosa pirámide de Maslow.
El bien no existe; sin embargo el mal, definido como el negativo del bien, sí existe en la Naturaleza. No tanto en el plano físico (la materia y las interacciones fundamentales no son, pese a lo que puedan opinar los intertextualistas franceses y norteamericanos, buenas o malas) cuanto en el plano de la vida. Veamos. Un león macho desbanca al alfa de la manada. Inmediatamente mata a los cachorros que constituían la descendencia de aquél, para que las hembras, al interrumpirse la lactancia, recuperen pronto la fertilidad y él pueda cuanto antes procrear y dar así continuidad a su carga genética. Es un comportamiento horrible, mal casi en estado puro... ¿o no?
Pues bien, no. El león en cuestión no accede a la dimensión moral, porque no es consciente de sí mismo y mucho menos de los demás como "otros yo". El león en cuestión no tiene elección. Es esclavo de sus genes. Es esclavo de la pulsión irrefrenable a reproducirse.
El humano también siente esa pulsión, pero, como es capaz de representarse a los demás humanos y, en particular, sus sentimientos y emociones, debe contrapesar su beneficio con el perjuicio causado. En este juego de equilibrios se dirime lo ético.
Decía en la anterior inserción sobre el tema que hay tres características del mal particularmente inquietantes: la banalidad del mal, la frialdad con la que el mal se causa y su gratuidad. Hoy leía en la prensa que un tipo ha asesinado a una vecina "para ver qué se siente". Este hecho reune las tres características, pero sin embargo también pone de manifiesto que las cosas no son exactamente así.
No hay mal gratuito. El mal aparentemente gratuito, el mal que un niño pequeño causa a un animal o a un compañero de juegos en el patio del colegio, el mal del comandante del campo de concentración que asesina por diversión, el mal del tipo de la noticia de hoy, no son gratuitos. Proporcionan una sensación atávica, potente, profunda: la sensación de empoderamiento, de ser más poderosos que el otro, de ser soberanos sobre su bienestar e, incluso, sobre su vida. Y esa sensación de empoderamiento, esa sensación de poder, es una poderosa droga cuyos efectos corren paralelos a la sensación de que los genes se han transmitido. Poder lleva a potencia; potencia lleva a omnipotencia; y la sensación de omnipotencia conduce a la de inmortalidad. La misma sensación que tenemos cuando comprobamos que nuestros genes se han transmitido con éxito.
Incluso cuando el mal parece gratuito no lo es. Satisface la voluntad de poder. Y la evolución nos ha programado para sentirnos recompensados con la sensación de inmortalidad. No es nada nuevo, ya lo dijo Nietzsche mucho mejor.
Es obvio que la vida no discurre en blancos y negros, y que la mayor parte de las situaciones a las que nos enfrentamos no comportan decisiones asociadas al mal gratuito. Sin embargo, si lo que digo tiene algún sentido, la tarea del bien es la tarea de despojarnos de la voluntad de poder.
Y, sin embargo, ¿es posible concebir al ser humano y a las sociedades humanas totalmente despojadas de la voluntad de poder? ¿es concebible la total erradicación del mal?
El bien no existe; sin embargo el mal, definido como el negativo del bien, sí existe en la Naturaleza. No tanto en el plano físico (la materia y las interacciones fundamentales no son, pese a lo que puedan opinar los intertextualistas franceses y norteamericanos, buenas o malas) cuanto en el plano de la vida. Veamos. Un león macho desbanca al alfa de la manada. Inmediatamente mata a los cachorros que constituían la descendencia de aquél, para que las hembras, al interrumpirse la lactancia, recuperen pronto la fertilidad y él pueda cuanto antes procrear y dar así continuidad a su carga genética. Es un comportamiento horrible, mal casi en estado puro... ¿o no?
Pues bien, no. El león en cuestión no accede a la dimensión moral, porque no es consciente de sí mismo y mucho menos de los demás como "otros yo". El león en cuestión no tiene elección. Es esclavo de sus genes. Es esclavo de la pulsión irrefrenable a reproducirse.
El humano también siente esa pulsión, pero, como es capaz de representarse a los demás humanos y, en particular, sus sentimientos y emociones, debe contrapesar su beneficio con el perjuicio causado. En este juego de equilibrios se dirime lo ético.
Decía en la anterior inserción sobre el tema que hay tres características del mal particularmente inquietantes: la banalidad del mal, la frialdad con la que el mal se causa y su gratuidad. Hoy leía en la prensa que un tipo ha asesinado a una vecina "para ver qué se siente". Este hecho reune las tres características, pero sin embargo también pone de manifiesto que las cosas no son exactamente así.
No hay mal gratuito. El mal aparentemente gratuito, el mal que un niño pequeño causa a un animal o a un compañero de juegos en el patio del colegio, el mal del comandante del campo de concentración que asesina por diversión, el mal del tipo de la noticia de hoy, no son gratuitos. Proporcionan una sensación atávica, potente, profunda: la sensación de empoderamiento, de ser más poderosos que el otro, de ser soberanos sobre su bienestar e, incluso, sobre su vida. Y esa sensación de empoderamiento, esa sensación de poder, es una poderosa droga cuyos efectos corren paralelos a la sensación de que los genes se han transmitido. Poder lleva a potencia; potencia lleva a omnipotencia; y la sensación de omnipotencia conduce a la de inmortalidad. La misma sensación que tenemos cuando comprobamos que nuestros genes se han transmitido con éxito.
Incluso cuando el mal parece gratuito no lo es. Satisface la voluntad de poder. Y la evolución nos ha programado para sentirnos recompensados con la sensación de inmortalidad. No es nada nuevo, ya lo dijo Nietzsche mucho mejor.
Es obvio que la vida no discurre en blancos y negros, y que la mayor parte de las situaciones a las que nos enfrentamos no comportan decisiones asociadas al mal gratuito. Sin embargo, si lo que digo tiene algún sentido, la tarea del bien es la tarea de despojarnos de la voluntad de poder.
Y, sin embargo, ¿es posible concebir al ser humano y a las sociedades humanas totalmente despojadas de la voluntad de poder? ¿es concebible la total erradicación del mal?
Monday, January 9, 2012
Hasta siempre, Revista de Libros
Revista de Libros, la excelente publicación que durante estos últimos años me ha traído lo mejor de la actualidad editorial a través de artículos "de los de antes", extensos, a veces densos, meditados, inspiradores, polémicos y siempre interesantes, va a cerrar. Sin el apoyo económico de la Fundación Caja Madrid su andadura ya no es económicamente viable.
Sin ánimo de hacer demagogia, ¿qué porcentaje de los sueldos de los consejeros y directivos de Bankia, entidad a cuyo rescate hemos acudido todos por medio de generosas aportaciones de fondos públicos, hubiera bastado para manener Revista de Libros a flote?
Hilando con la inserción anterior, parece que mi apología de lo inútil no ha llegado a los oídos adecuados. Cómo me hubiera gustado que hubiera sido de otra forma.
Sin ánimo de hacer demagogia, ¿qué porcentaje de los sueldos de los consejeros y directivos de Bankia, entidad a cuyo rescate hemos acudido todos por medio de generosas aportaciones de fondos públicos, hubiera bastado para manener Revista de Libros a flote?
Hilando con la inserción anterior, parece que mi apología de lo inútil no ha llegado a los oídos adecuados. Cómo me hubiera gustado que hubiera sido de otra forma.
Saturday, December 31, 2011
Elogio de lo inútil
La naturaleza aborrece la inutilidad. Los sistemas físicos buscan las configuraciones de energía mínima, purgando cualquier gasto excesivo. Incluso los sistemas complejos, que parecen "gastar" energía de forma gratuita para configurar formas organizadas y frecuentemente hermosas, adoptan dichas formas para hacer desaparecer de la forma más eficiente posible gradientes de distintas magnitudes producidos por desequilibrios generados en sus vecindades.
La evolución de la vida ha estado igualmente regida por la tendencia a economizar. Han sido los especímenes mejor adaptados a su entorno los que han transmitido sus genes a su descendencia, imponiéndose así en la lucha por la superviviencia. Pero esa ventaja adaptativa lo es en un contexto de escasez, en el que la capacidad de resultar útiles de los rasgos del comportamiento de los distintos especímenes ha resultado la clave del éxito. Utilidad para buscar alimento, utilidad para eludir a los depredadores, utilidad para reproducirse. Los rasgos fenotípicos inútiles, que no contribuyesen a la supervivencia del ser vivo, carecían de valor adaptativo y la propia evolución los hacía desaparacer (a no ser que la especie en cuestión contase con suficienes rasgos de suficiente potencia adaptativa como para que fuesen éstos los encargados de asgurar la supervivencia).
El ser humano es un especimen extraordinariamente bien adaptado al medio en el que surgió como especie y en el que tuvo que luchar por su supervivencia mientras no tuvo la capacidad de transformalo decisivamente a su favor. Sus habilidades motrices, sociales y cognitivas fueron determinantes, basadas en su cerebro de 1.450 gramos del que ya hemos discutido en alguna ocasión anterior. Estas habilidades, estos rasgos de su comprtamiento, le garantizaron su supervivencia como especie. Peor suerte tuvieron, por ejemplo, nuestros primos neandertales.
Sin embargo, ese cerebro ha producido algo que, desde el punto de vista de la propia evolución, así como de las leyes de la física, es sorprendente: la expresión generalizada de rasgos de comportamiento cuyos productos son totalmente inútiles desde dichas perspectivas. Incluso en el mundo de hoy, donde el medio que exige la adaptación de los individuos es cada vez más el sistema económico creado por el porpio ser humano que el ecosistema, los seres humanos hacemos cosas sorprendentemente inútiles. Creamos belleza, desarrollamos comportamientos altruistas con seres con los que no tenemos parentesco alguno, nos preguntamos por el bien, la verdad, el ser, lo existente. Invertimos la vida de algunos de nuestros especímenes más inteligentes en demostrar el último teorema de Fermat o la hipótesios de Riemann. Señalamos como a los más insignes de nuestra especie a individuos cuya vida se ha dedicado por completo a lo inútil.
Y es que, repudiado por la naturaleza tanto en el plano de las leyes de la física como en el de la evolución, lo inútil emerge con el ser humano con una potencia inusitada, con la potencia de constituir algunos de los mecanismos que satisfacen una necesidad también nacida con nuestra especie: la necesidad de conferir un sentido a la vida.
La evolución de la vida ha estado igualmente regida por la tendencia a economizar. Han sido los especímenes mejor adaptados a su entorno los que han transmitido sus genes a su descendencia, imponiéndose así en la lucha por la superviviencia. Pero esa ventaja adaptativa lo es en un contexto de escasez, en el que la capacidad de resultar útiles de los rasgos del comportamiento de los distintos especímenes ha resultado la clave del éxito. Utilidad para buscar alimento, utilidad para eludir a los depredadores, utilidad para reproducirse. Los rasgos fenotípicos inútiles, que no contribuyesen a la supervivencia del ser vivo, carecían de valor adaptativo y la propia evolución los hacía desaparacer (a no ser que la especie en cuestión contase con suficienes rasgos de suficiente potencia adaptativa como para que fuesen éstos los encargados de asgurar la supervivencia).
El ser humano es un especimen extraordinariamente bien adaptado al medio en el que surgió como especie y en el que tuvo que luchar por su supervivencia mientras no tuvo la capacidad de transformalo decisivamente a su favor. Sus habilidades motrices, sociales y cognitivas fueron determinantes, basadas en su cerebro de 1.450 gramos del que ya hemos discutido en alguna ocasión anterior. Estas habilidades, estos rasgos de su comprtamiento, le garantizaron su supervivencia como especie. Peor suerte tuvieron, por ejemplo, nuestros primos neandertales.
Sin embargo, ese cerebro ha producido algo que, desde el punto de vista de la propia evolución, así como de las leyes de la física, es sorprendente: la expresión generalizada de rasgos de comportamiento cuyos productos son totalmente inútiles desde dichas perspectivas. Incluso en el mundo de hoy, donde el medio que exige la adaptación de los individuos es cada vez más el sistema económico creado por el porpio ser humano que el ecosistema, los seres humanos hacemos cosas sorprendentemente inútiles. Creamos belleza, desarrollamos comportamientos altruistas con seres con los que no tenemos parentesco alguno, nos preguntamos por el bien, la verdad, el ser, lo existente. Invertimos la vida de algunos de nuestros especímenes más inteligentes en demostrar el último teorema de Fermat o la hipótesios de Riemann. Señalamos como a los más insignes de nuestra especie a individuos cuya vida se ha dedicado por completo a lo inútil.
Y es que, repudiado por la naturaleza tanto en el plano de las leyes de la física como en el de la evolución, lo inútil emerge con el ser humano con una potencia inusitada, con la potencia de constituir algunos de los mecanismos que satisfacen una necesidad también nacida con nuestra especie: la necesidad de conferir un sentido a la vida.
Friday, December 23, 2011
Navidad
Otro año más la Navidad ha llegado. Si bien la Navidad es una festividad de raíz cristiana, celebrando la venida al mundo de Jesús de Nazaret, incluso en las sociedades más secularizadas su potencia evocadora trae al primer plano de nuestras vidas, en estos días, sentimientos de bondad y de esperanza. Es bien cierto que también nos sumerge en una vorágine de consumismo sólo atemperado por los rigores de la crisis, pero ese no es el tema del que me quiero ocupar hoy.
Bondad, hacer el bien. Hacer el bien de forma gratuita, sólo porque el bien es un valor que queremos preservar. Interiorización del pensamiento y del obrar circulares en virtud de los cuales hacemos el bien porque eso es lo bueno. Hacer el bien aunque no nos reporte nada más que la propia satisfacción de hacer el bien, esa sensación de entrar en resonancia con la bondad. Creer en la bonda y actuar en consecuencia. Dejar a un lado los intereses y el cálculo, dejar a un lado la utilidad y el rendimiento, y hacer el bien por el bien en sí mismo. Ser buenos porque eso es lo bueno. Ser buenos a pesar de parecer tontos. Asumir esta lógica autorreferente de la bondad.
Esperanza. Creer que es posible tener un mundo mejor. Renovar esta creencia, a pesar de que cada año la vida nos da más y más razones para dejarla a un lado. Renovar la ingenuidad. Limpiar el alma, purificarla. Pensar que sí merece la pena poner en cada palabra, en cada acto, un granito de arena para hacer un mundo mejor. Renovar la fe en que la vida tiene un sentido, y que ese sentido quizás sea dejar el mundo en mejor situación de la que nos lo encontramos. Construir y no destruir. Volver a ser jóvenes.
Para mi este es el sentido de la Navidad. Y pienso que la religiosidad no viene tanto determinada por las respuestas cuanto por las preguntas. Y es por esto que sí creo que la Navidad es la festividad religiosa por antonomasia, porque es la festividad de la bondad y la esperanza.
A los tres o cuatro lectores de este blog, os deseo una Navidad llena de bondad y esperanza, y un 2012 colmado de felicidad, satisfacciones y paz.
Bondad, hacer el bien. Hacer el bien de forma gratuita, sólo porque el bien es un valor que queremos preservar. Interiorización del pensamiento y del obrar circulares en virtud de los cuales hacemos el bien porque eso es lo bueno. Hacer el bien aunque no nos reporte nada más que la propia satisfacción de hacer el bien, esa sensación de entrar en resonancia con la bondad. Creer en la bonda y actuar en consecuencia. Dejar a un lado los intereses y el cálculo, dejar a un lado la utilidad y el rendimiento, y hacer el bien por el bien en sí mismo. Ser buenos porque eso es lo bueno. Ser buenos a pesar de parecer tontos. Asumir esta lógica autorreferente de la bondad.
Esperanza. Creer que es posible tener un mundo mejor. Renovar esta creencia, a pesar de que cada año la vida nos da más y más razones para dejarla a un lado. Renovar la ingenuidad. Limpiar el alma, purificarla. Pensar que sí merece la pena poner en cada palabra, en cada acto, un granito de arena para hacer un mundo mejor. Renovar la fe en que la vida tiene un sentido, y que ese sentido quizás sea dejar el mundo en mejor situación de la que nos lo encontramos. Construir y no destruir. Volver a ser jóvenes.
Para mi este es el sentido de la Navidad. Y pienso que la religiosidad no viene tanto determinada por las respuestas cuanto por las preguntas. Y es por esto que sí creo que la Navidad es la festividad religiosa por antonomasia, porque es la festividad de la bondad y la esperanza.
A los tres o cuatro lectores de este blog, os deseo una Navidad llena de bondad y esperanza, y un 2012 colmado de felicidad, satisfacciones y paz.
Sunday, December 18, 2011
El arte: la magia de la forma
Venimos de ver Lady Macbeth de Mtsensk, de Dmitri Shostakovich. La historia es bien conocida. La ópera se estrena en la Unión Soviética en 1934, y durante los dos años siguientes constituye un éxito abrumador de crítica y público. La obra se entroniza por los críticos como "la primera obra maestra de la ópera soviética"; se representa un centenar de veces en Moscú y otras tantas en Leningrado. Sin embargo, el 26 de enero de 1936 Stalin acude al teatro a ver y escuchar la ópera. Le repugna. Dos días después aparace una crítica demoledora en Pravda, no firmada, indicando la inspiración directa, si no la autoría, del propio Stalin, e incluyendo una no muy velada amenaza: "este juego puede acabar muy mal". Shostakovich no volvería a ser el mismo, y viviría el resto de su vida, hasta su muerte en 1975, aterrorizado por una posible represalia.
Una de las principales críticas que recibió el músico en el artículo de Pravda fue la relativa al carácter "formalista" de su ópera. Stalin se equivocó en todo, y también en esto. La ópera en cuestión es una grandiosa obra de arte, no ya debido al tema del que trata, sino con independencia del tema del que trata. El arte es tal en cuanto que forma. Las pretensiones formalistas de Shostakovich están en la ráiz de su potencia artística.
No es su carácter de templo lo que hace del Partenón un prodigio artístico, sino sus proporciones. No es la trama extraordinariamente rica de Guerra y Paz lo que hace de la novela una cumbre de las letras, sino cómo dicha trama está narrada. No es la referencia a la naturaleza lo que hace de la Sinfonía Alpina de Strauss una cumbre de la música del siglo XX, sino el manejo del climax musical. Es más, el artista por antonomasia, aquel que ocupa la cima del Olimpo del Arte, Juan Sebastián Bach, cuyo catálogo está lleno de obras "temáticas", alcanza el cénit de su arte en las que están vacías de referencias: la obra para clave (el clave bien temperado, las sonatas y partitas para clave, las suites francesas e inglesas, las variaciones Goldberg), la obra para violín solo, para violochelo solo y la obra "sin instrumento" (el Arte de la Fuga).
El arte es el desvelamiento de la armonía, de la forma pura, del ideal platónico de belleza. Nada hay más abstracto que la Chacona de la segunda partita de violín, o la serie de notas construida conforme a la lógica dodecafónica del cuarto cuarteto de cuerdas de Schoenberg.
El arte es la magia de la forma.
Una de las principales críticas que recibió el músico en el artículo de Pravda fue la relativa al carácter "formalista" de su ópera. Stalin se equivocó en todo, y también en esto. La ópera en cuestión es una grandiosa obra de arte, no ya debido al tema del que trata, sino con independencia del tema del que trata. El arte es tal en cuanto que forma. Las pretensiones formalistas de Shostakovich están en la ráiz de su potencia artística.
No es su carácter de templo lo que hace del Partenón un prodigio artístico, sino sus proporciones. No es la trama extraordinariamente rica de Guerra y Paz lo que hace de la novela una cumbre de las letras, sino cómo dicha trama está narrada. No es la referencia a la naturaleza lo que hace de la Sinfonía Alpina de Strauss una cumbre de la música del siglo XX, sino el manejo del climax musical. Es más, el artista por antonomasia, aquel que ocupa la cima del Olimpo del Arte, Juan Sebastián Bach, cuyo catálogo está lleno de obras "temáticas", alcanza el cénit de su arte en las que están vacías de referencias: la obra para clave (el clave bien temperado, las sonatas y partitas para clave, las suites francesas e inglesas, las variaciones Goldberg), la obra para violín solo, para violochelo solo y la obra "sin instrumento" (el Arte de la Fuga).
El arte es el desvelamiento de la armonía, de la forma pura, del ideal platónico de belleza. Nada hay más abstracto que la Chacona de la segunda partita de violín, o la serie de notas construida conforme a la lógica dodecafónica del cuarto cuarteto de cuerdas de Schoenberg.
El arte es la magia de la forma.
Wednesday, December 7, 2011
Hablando de multiculturalidad
Interesante artículo en Revista de Libros, de Félix Ovejero, reseñando algunos de los libros de Caroline Fourest: http://www.revistadelibros.com/articulos/la-reaccion-de-la-izquierda. Por resumir, defensa radical desde posiciones de izquierda de los valores de la ciudadanía y del laicismo. Espero que el link funcione; en cualquier caso, muchos de los lectores de este blog habéis recibido el texto del artículo en un mail que os envié hace un par de días. Ya he recibido las primeras reacciones (copio la contribución de Javier en un comentario abajo). A ver si tenemos u debate interesante. El tema lo merece.
Friday, December 2, 2011
Lo cualitativo: la materia adopta un punto de vista (II)
¿Qué es tener un punto de vista, cómo se genera? ¿Qué hace diferente al ser humano del sensor fotosensible cuando ambos se colocan delante de Las Meninas? ¿Por qué un ordenador no tiene un punto de vista?
Kant tenía razón. Las neurociencias van añadiendo cada día más evidencia de que nuestros cerebros construyen la realidad, a partir de los datos que los sentidos le aportan y de estructuras de redes neuronales que, en parte ya están al nacer y, en parte, se van configurando con la maduración. El cerebro es un sistema cognitivo al que la evolución ha dado forma, preconfigurado, y que acaba de madurar con la experiencia. El ejemplo más sorprendente y conocido lo aporta el lenguaje, facultad para la que el ser humano está genéticamente preparado, y que se activa en contacto con el habla y la escritura. La hipótesis de la gramática generativa de Chomsky ha resultado ser cierta.
Cuando el cerebro recibe un estímulo, lo procesa en distintos niveles cerebrales. Uno de esos niveles cerebrales es el que aporta el punto de vista. A la realidad construida en el cerebro se le añade un punto de vista cuando al procesar la información que procede del entorno se añade una capa de inteligencia que busca responder a la pregunta “Y esto, ¿qué significa para mí?”
Tener la capacidad de plantear esta pregunta supone que el cerebro, previamente, ha sido capaz de construir eso que llamamos “yo”. Es decir, en el ser humano, a diferencia de la práctica totalidad de los seres vivos, quizás con la excepción de algunos primates, los delfines y los elefantes, cuenta con un cerebro que ha generado estructuras neuronales autorreferentes, que toman como objeto no a los estímulos externos, sino a los propios procesos mentales… y eso es el “yo”.
Pero para poder responder a la pregunta de “Y esto, ¿qué significa para mí?”, el cerebro debe integrar el estímulo con toda las redes neuronales responsables de la memoria conceptual, experiencial y emocional. Y estas redes son lo que comúnmente se denomina sensibilidad. La sensibilidad sería algo así como la capacidad de discernimiento emocional; a mayor sensibilidad, mayor riqueza del punto de vista; mayor sensibilidad supone mayor memoria emocional.
Y, de ese modo, la aparición de la corteza cerebral, la hipertrofia del cerebro humano que, en el curso de la evolución, desde los primeros homínidos hasta nosotros, ha pasado de 450 a 1.450 gramos, ha generado el punto de vista.
Y con el punto de vista ha aparecido en el mundo lo “cualitativo”: lo bello, lo rojo, lo emocionante, lo melancólico, lo esperanzador, lo sutil, …
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